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viernes, 12 de abril de 2013

Las herramientas del aprendiz




Damos tres golpes en la piedra bruta después de recibir la Luz, utilizando para ello un mallete y un cincel. Son  herramientas que nos han sido dadas  para comenzar nuestro trabajo como Aprendices.

Tenemos que transformar la piedra, eliminar sus anomalías,  asperezas y deformidades. Al terminar el trabajo, la piedra bruta  tiene que ser una piedra cúbica perfecta, con ángulos de 90º, aristas perfectamente alineadas,  caras planas y lados iguales.

No todas las piedras son del mismo material, mejor sería decir que afortunadamente la cantera de la Humanidad es muy diversa. Encontramos piedras duras pero difíciles de labrar y otras  blandas, que permiten un tallado más perfecto.
También tienen distintos tonos. Algunas son monocromas, con pocos matices, como la caliza o la arenisca; otras en cambio, están atravesadas por vetas multicolores como el jaspe, o tienen un brillo vítreo, como la cuarcita o la obsidiana. Todas son bellas y hermosas.

Cada una de ellas tiene un tiempo y un lugar en el Templo de la Humanidad.

Para trabajar nos entregaron un mallete y un cincel, pero al igual que todas las piedras son diferentes, también las herramientas deben adaptarse a sus cualidades.
Hay cinceles de bronce, otros de hierro o acero. Los hay de muchos tamaños pero todos tienen recto el filo: tienen que esculpir un cubo.
Los malletes por otra parte tampoco son iguales. Su maza es diferente  en función de las características  de la piedra y  cincel utilizado. Más o menos grande, más o menos pesada. De madera o  metal.

Al principio no se sabe por donde empezar, parece casi imposible esculpir un cubo partiendo de una piedra bruta.  Tampoco sabemos utilizar las herramientas, golpeamos sin ritmo ni precisión. Sin controlar la fuerza. Algún dedo machacado da buena cuenta de ello.

En Logia los Maestros están muy atentos a nuestro quehacer, nos han reservado un buen sitio en el Taller. Tranquilo, apartado de la vorágine de la obra.
En la penumbra del norte, protegidos del Sol deslumbrante, trabajamos y observamos en silencio para que nada pueda desviar nuestra atención ni alterar nuestro ritmo.

El 2º Vigilante nos instruye. Es el Maestro encargado de enseñarnos y supervisar nuestro trabajo. Expresamos en  Logia a través suyo nuestro trabajo, nuestra palabra. Nuestro silencio.
Él nos enseña a manejar las herramientas: como tomar el mallete, de que manera sujetar el cincel, hacia donde debemos dirigir los primeros golpes.....

Cambiando un poco de tema: visitamos con frecuencia el fascinante taller de un buen amigo: Javier, violero de profesión. Constructor de laúdes, vihuelas de arco y violas da gamba. Persona culta, respetuosa de la tradición y un verdadero artífice, que utiliza  siempre para la construcción de sus instrumentos técnicas y materiales: cuerdas de tripa, lazos, taraceas y maderas, iguales o similares a las utilizadas en el siglo XVI.  El delicado y armonioso sonido de sus instrumentos dan fe de ello

El otro día, nos enseñaba emocionado el regalo que le habían hecho: Un completo juego de formones y gubias que habían pertenecido a un tallista  fallecido hace mucho tiempo. Herramientas de más de 100 años.  Admirábamos el hermoso acero, oscuro, brillante y tornasolado debido, según él, a un temple especial obtenido después de la forja y el vaciado, sumergiendo el metal a distintas temperaturas en diferentes aceites. El comentario surgió fácil: ya no se hacen herramientas como estas.

Nosotros también tenemos que cuidar el temple del cincel. No solo cuidarlo: el temple del cincel es nuestra Templanza. El filo nuestra Rectitud.
Según el material del que está hecho, según la piedra, deberemos afinarlo con más o menos frecuencia. De paso aprendemos a conservar su filo  y mejorar su dureza.

Nadie puede hacer esto por nosotros.

Falta una herramienta que no se entrega, que debemos construirla también poco a poco. Sirve para tomar la medida de las cosas, se llama regla.

He escrito esta plancha en primera persona. Los Masones siempre somos aprendices y nunca terminamos de labrar nuestra piedra.



Ana Mª.·.Mª.·.

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